Carmen Maceín, molesta con EL PAÍS (2) (viene de la página anterior)

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TÁNGER

    Para dedicarse al negocio del Arte no sólo hay que tener entusiasmo y una decidida vocación, también mucha inteligencia. Y esas tres cualidades definen muy bien quién es Carmina Maceín: una mujer inteligente, estusiasmada con su trabajo, que vive por y para el Arte.

    En los años ochenta del pasado siglo, “vender un cuadro suponía un esfuerzo mayor que el de pintarlo” decían los especialistas, y 1984 en particular estaba siendo un año crítico. Entonces a Carmina Maceín se le ocurrió una idea genial, tan genial como lo es ella. Echó mano de su imaginación buscando abrir nuevos mercados: –¿Dónde están los amantes del Arte? –se preguntaba Carmina.

    Por aquellos años, los amantes del buen Arte –con dinero para permitírselo– pernoctaban en la Costa del Sol, en Cannes o Niza…, lugares donde se daban cita los más acreditados coleccionistas. Y a Puerto Banús se fue Carmina con un barco cargado de pinturas.

    Su barco no era un barco cualquiera, sino un yate de leyenda: el “Vagrant” había pertenecido a John Lenon y anteriormente a Onassis o a Niarchos… probablemente.

    Carmina quería pasear su colección particular a través del Mediterráneo. No era una colección cualquiera; en ella figuraban como viajeros invitados Picasso, Dalí, Miró, Saura, Tàpies… obras de hasta treinta grandes artistas contemporáneos.

    Una vez obtenidos los permisos pertinentes para la ocasión, condes, duques, marqueses, ex-ministros, embajadores, actores, literatos, toda la “jetset” marbellí se dio cita en la inauguración de “Arte en el Mar”, nombre con el que Carmina bautizó esta exposición.

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Carmina Maceín con los sobrinos de Picasso, saludando a Ernesto Halffter

    Los Beatles lo pasearon por todos los mares hasta que se separaron. Entonces el barco se convirtió en un buque fantasma de oscuros destinos hasta que Carmina lo liberó preso de los rigores de las leyes internacionales –contaba el diario PUEBLO por aquel entonces–.

Salvador Dalí

    Pero entre tanto trajín, unos aprovecharon para llevarse lo que no era suyo y otros para “Donde dije digo, digo Diego” (cuán sabio es el refranero español, digo yo que pensarían los de ZURICH) para negarse a pagar el seguro comprometido.